Omu

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Además de su condenada actitud inquisitiva, esos hombres añadían la humillación a la injuria, pues todos los días imponían su presencia a la hora de cenar en alguna cabaña de las de su territorio. En esos casos, el dueño de casa soporta la situación con una mansedumbre asombrosa, porque como «buen hombre pacífico» sólo puede mostrarse todo lo hospitalario que le sea posible.

Esos acomodados personajes son infatigables. A altas horas de la noche rondan en torno a las casas, y durante el día van por los bosquecillos, tras las parejas de amantes. Sin embargo, cierta vez la presa los despistó por largo tiempo.

Fue así: varias semanas antes de nuestra llegada a la isla, el marido de una y la mujer de otro, que sentían una inclinación mutua, salieron a dar un paseo. Sonó la alarma, y con gran revuelo se inició la persecución, pero no se supo de ellos hasta pasados unos noventa días, momento en que nos fueron a buscar a la Calabuza para que nos sumáramos a la muchedumbre que acompañaba a los amantes de camino hacia el tribunal del pueblo.




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