Omu

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Su aspecto era muy singular. Con excepción de un ceñidor, iban desnudos; llevaban el pelo largo, quemado en las puntas y lleno de abrojos, y sus cuerpos estaban arañados y llenos de cicatrices por todas partes. Al parecer, en busca del «amor en una casa de campo», habían ido al interior de la isla, habían encontrado una cabaña en un valle deshabitado, y habían vivido allí hasta que, mientras daban un malhadado paseo, fueron vistos y capturados.

Se los condenó, por lo tanto, a hacer cien brazas de Carretera de la Escoba, es decir, seis meses de trabajo o aun más.

Muchas veces, mientras, sentado en alguna casa, conversaba tranquilamente con sus ocupantes, observé en ellos una enorme inquietud en cuanto se les anunciaba que había algún kannakipper a la vista. Que uno de esos funcionarios denunciara a alguien como tutai ouri (que en sentido amplio significa mala persona o persona no cristiana), era tan temido como el índice acusador de Titus Oates cuando señalaba a un presunto papista.

Pero los isleños se vengan de ellos ladinamente. A menudo, cuando entran en una casa, los kannakippers organizan una farisaica reunión para orar, y por ello reciben el mote secreto de bura-artuas, literalmente «rezo a los dioses».


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