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Estos testimonios corresponden a hombres buenos y ecuánimes, que estuvieron en el lugar, pero ¿cómo puede ser que difieran tanto de las impresiones de otras personas de nuestras tierras? Es muy sencillo: en lugar de valorar el resultado de los trabajos misioneros por el número de paganos a los que se hizo entender y practicar (al menos en cierta medida) los preceptos cristianos, ese resultado se dedujo —sin base firme— del número de los que, aun sin comprender estas cosas, de algún modo se sintieron inducidos a abandonar la idolatría y a respetar ciertas normas exteriores.

En la mayoría de los casos, las conversiones se concretaron en Polinesia a través de la autoridad de una u otra índole que sobre los nativos ejercen sus jefes, a quienes se estimuló con la esperanza de algún beneficio terrenal, y no a través de llamamientos a la razón.

Incluso en una o dos ocasiones —muy a menudo vistas como ejemplos maravillosos del poder divino—, por propio impulso los nativos quemaron sus ídolos, y se precipitaron a las aguas del bautismo, pero el carácter imprevisto de tal cambio no era sino una señal de su inconsistencia. Williams, el mártir de Erromanga, narra que los habitantes de una isla, que ya profesaban el cristianismo, se reunieron voluntariamente y con absoluta solemnidad volvieron por completo a prácticas paganas.


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