Omu
Omu No hubo muchas ceremonias al respecto. Los sacerdotes se apartaron por unos instantes, acercaron unas a otras sus viejas testas afeitadas, y durante unos momentos murmuraron algo. De inmediato, el jefe rompió una ancha tira de su faja de tappa blanca, y se la entregó a uno de los oficiales franceses, quien después de explicar lo que había que hacer, se la entregó a Jermin. El maestre se encaminó de inmediato hasta el extremo del botalón del bauprés y allí ató el místico símbolo de la proscripción. Al verlo, un grupo de muchachas que se acercaban a nado emprendió la huida; tras levantar los brazos y dar manotadas en el agua como delfines, al tiempo que gritaban con fuerza «¡Tabú, tabú!», giraron en redondo y se dirigieron a la playa.