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Entre tanto, llevamos a Fantasma a la Calabuza, y los nativos, que se habían reunido en gran número, sugirieron distintos tratamientos. Un profesional bastante enérgico se decantaba por sujetar al paciente por los hombros, mientras alguien tirara de los pies. Esta operación resucitadora recibía el nombre de potata, pero con la idea de que nuestro alto compañero era lo bastante largo para no necesitar un estiramiento adicional, se renunció a potatarlo.

En ese momento se detectó al físico, que llegaba con toda premura por la Carretera de la Escoba, tan absorto en el asunto de la locomoción que no tomaba en cuenta lo imprudente que era darse tal prisa en un clima tropical. Estaba sudando con profusión, lo que tenía que deberse al calor de sus sentimientos, a pesar de que le habíamos considerado un hombre sin corazón. Pero pronto nos explicamos esa celeridad benevolente en esta ocasión: surgía tan sólo de la curiosidad profesional de enfrentarse con un caso harto inusitado en su práctica polinesia. Pues bien, en ciertas circunstancias, los marineros —por lo común tan bromistas— se empeñan al máximo en que todo se haga con absoluta corrección. En consecuencia, en mi carácter de amigo íntimo, me encomendaron la misión de permanecer a la cabecera de Fantasma Largo, dispuesto a hacer las veces de «portavoz» y a responder a todas las preguntas que se formularan; los demás debían guardar silencio.


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