Omu

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Los hombres de Tonoi, los pescadores del bosquecillo, eran un grupo lamentable. Aislados, en gran medida, de las atenciones de los misioneros, se entregaban a toda clase de perversiones y a la holgazanería. Por las mañanas, quien diera un paseo entre los árboles los encontraría dormitando a la sombra de una canoa volteada sobre unos arbustos, o bien tumbados bajo un árbol y fumando o, con mayor frecuencia aún, jugando con chinas, si bien era difícil decir qué se apostaban, con excepción de un poco de tabaco, en sus juegos estrafalarios. También tenían otros entretenimientos ociosos, de los que parecían obtener gran deleite. En cuanto a la pesca, poco era el tiempo que le dedicaban. En resumen, eran un grupo despreocupado, indigente, impío.

Tonoi, el viejo pescador, apoyado en el tronco caído de un cocotero, desperdiciaba todas sus mañanas con las chinas: un nativo canoso, un verdadero tahúr, siempre le desplumaba hasta la última hebra de tabaco que hubiese recibido de sus amigos los labradores. Al atardecer, se acercaba a la vivienda de la huerta, donde se quedaba hasta la mañana siguiente, fumando o echando alguna cabezada y, a ratos, parloteando sobre las desventuras de la Casa de Tonoi. Pero como cualquier otro caduco viejo indolente, en general parecía muy ufano con tener a su disposición alojamiento y comida.


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