Omu

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Aunque eran un dúo extraño, la pareja se llevaba de maravilla: jamás hubo dos hombres tan unidos en ninguna otra empresa, sin que ninguno se impusiera al otro. En la mayoría de los asuntos, Zeke hacía lo que le parecía. Corto había tomado de él un espíritu de industriosidad invencible, y sabe Dios qué ideas de hacer fortuna con esa huerta.

El primer día tuvimos la suerte de no ocuparnos de nada.

Hasta ese momento nos habían tratado como huéspedes, es decir que, sin duda, pensaban que sería una falta de delicadeza ponernos a trabajar antes de terminar con los halagos del recibimiento. Sin embargo, a la mañana siguiente los dos mostraron un aire muy atareado, y tuvimos que ponernos al trabajo.

—Venga, muchachos —dijo Zeke mientras sacudía las cenizas de su pipa después del desayuno—, a la faena. Corto, dale a Peter (el doctor) la zapa grande, y a Paul, la otra, y al tajo.

Corto fue hasta un rincón y trajo tres herramientas, las distribuyó imparcialmente, y se puso en marcha tras su compañero, que iba a la cabeza con algo parecido a un hacha.

Por un instante estuvimos solos en la casa, y nos miramos el uno al otro temblando. Cada uno estaba equipado con una rústica y enorme rama de árbol, uno de cuyos extremos remataba en una pesada masa de hierro plana.


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