Omu

Omu

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Las piezas de herrería —especialmente pensadas para un terreno quebrado— se habían importado de Sydney, y los mangos debían de ser una manufactura casera. De «zapas» —como llamaban a aquéllas—, habíamos oído hablar, y alguna habíamos visto, pero, en comparación con las herramientas que teníamos entre las manos, eran inofensivas.

—¿Qué hay que hacer con esto? —pregunté a Peter.

—Alzarlas y bajarlas —me respondió—, o ponerlas en movimiento de algún modo. Paul, estamos en un apuro; ¡calla!, que nos están llamando. —De modo que nos echamos las zapas al hombre y allá fuimos.

Nuestro destino era el extremo más apartado de la huerta, donde la tierra, en parte desmontada, aún no se había cavado, y ahora se iniciaba la tarea. En un descanso, pregunté por qué no se usaba un arado: se podría coger a un buey salvaje joven y se lo podría domar para que tirara del arado.

Zeke respondió que en ningún lugar de Polinesia, que él supiera, se había usado jamás el ganado con ese fin. Además, la tierra de Martair, tan llena de raíces que se cruzaban y volvían a cruzar por todas partes, no permitía que se usara el arado con algún beneficio. Las robustas zapas de Sydney eran lo único que valía para ese suelo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker