Omu
Omu Las piezas de herrerÃa —especialmente pensadas para un terreno quebrado— se habÃan importado de Sydney, y los mangos debÃan de ser una manufactura casera. De «zapas» —como llamaban a aquéllas—, habÃamos oÃdo hablar, y alguna habÃamos visto, pero, en comparación con las herramientas que tenÃamos entre las manos, eran inofensivas.
—¿Qué hay que hacer con esto? —pregunté a Peter.
—Alzarlas y bajarlas —me respondió—, o ponerlas en movimiento de algún modo. Paul, estamos en un apuro; ¡calla!, que nos están llamando. —De modo que nos echamos las zapas al hombre y allá fuimos.
Nuestro destino era el extremo más apartado de la huerta, donde la tierra, en parte desmontada, aún no se habÃa cavado, y ahora se iniciaba la tarea. En un descanso, pregunté por qué no se usaba un arado: se podrÃa coger a un buey salvaje joven y se lo podrÃa domar para que tirara del arado.
Zeke respondió que en ningún lugar de Polinesia, que él supiera, se habÃa usado jamás el ganado con ese fin. Además, la tierra de Martair, tan llena de raÃces que se cruzaban y volvÃan a cruzar por todas partes, no permitÃa que se usara el arado con algún beneficio. Las robustas zapas de Sydney eran lo único que valÃa para ese suelo.