Omu
Omu No tardamos demasiado tiempo en desenterrar los boniatos, y a continuación llegaba lo peor: había que bajarlos a la playa, al menos un cuarto de milla de distancia. Como en la isla no había nada parecido a una carretilla o un carro, sólo se disponía de las columnas vertebrales y las anchas espaldas. Muy consciente de que esta parte del asunto sería cualquier cosa menos agradable, Zeke se empeñó en ponerle la mejor cara posible, y sin darnos tiempo para alimentar ideas poco estimulantes, con gran ufanía nos hizo reparar en una pila de rústicos cestos —hechos con tallos resistentes— que se habían preparado para la ocasión. Sin más circunloquios, sacamos cestos de la pila, y al cabo de unos momentos allá íbamos los cuatro, trastabillando bajo la carga.