Omu
Omu En el primer descenso, llegamos juntos a la playa: los gritos entusiastas de Zeke habían surtido un efecto irresistible. Sin embargo, al cabo de uno o dos viajes más, me empezaron a chirriar los hombros, y la alta figura del doctor se encorvó visiblemente. En ese momento, ambos tiramos nuestros cestos, y aseguramos que ya no podíamos soportar más aquello. Pero nuestros patronos, propensos, por decirlo así, a hacernos trabajar a través de una apelación silenciosa a nuestro sentido moral, siguieron en marcha fingiendo que no nos habían oído. Era como decirnos: «Venga, muchachos, os hemos alojado y alimentado estos tres últimos días, y ayer no hicisteis nada que no fuese comer, o sea que en pie, y a ver si sois capaces de trabajar como nosotros». Impulsados de esta manera, reanudamos la labor. No obstante, a pesar de todo lo que hacíamos, siempre estábamos por detrás de Zeke y Corto, quienes, resoplando y sudando por todos los poros, marchaban sin pausa ni descanso. Casi perversamente deseé que se cargaran con un boniato de más.
Aunque iba jadeando con la carga de mi propio cesto, no podía, por nada del mundo, dejar de reírme de Fantasma Largo. Allí iba, con el pescuezo echado adelante en toda su longitud, los brazos enlazados atrás para dar apoyo al cesto; de cuando en cuando, los zancos de sus piernas cedían, como si sus rodillas se deslizaran en direcciones opuestas.