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—Aramai! (venid aquí) —gritó a varios de ellos, que, tumbados sobre un talud, hasta ese momento habían sido observadores críticos de nuestras maniobras y, entre otras cosas, se habían divertido bastante con el espectáculo del palanquín.

Después de controlar que los hombres cargaran por completo sus cestos, el yanqui llenó el suyo, y les mandó que marcharan delante de él hacia la playa. Es probable que hubiera visto las recuas de mulas cargadas de alforjas y conducidas de esa manera, por la ancha carretera que une el Callao y Lima.

Por fin, toda la carga estuvo en el bote; el yanqui eligió un par de nativos, izó la vela, y se dispuso a cruzar el canal en dirección a Papeete.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, Tonoi entró a la carrera y nos dijo que los viajeros habían vuelto. Bajamos a prisa hasta la playa, y vimos que el bote navegaba hacia nosotros, con un isleño adormilado al timón. En pie sobre la proa, Zeke hacía tintinear una pequeña bolsa de monedas de plata, producto de la transacción.



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