Omu
Omu Era el lugar en que se esperaba reclutar tripulantes, de modo que de inmediato se puso un bote en condiciones de dirigirse a tierra. Pero había que enviar una tripulación seleccionada: debían ser los hombres menos proclives a desaparecer. Después de una larga consulta entre el capitán y el maestre, cuatro de los marineros resultaron elegidos como los más dignos de confianza, o más bien fueron elegidos de entre un selecto grupo de individuos de los que se sospechaba que eran menos bribones que los demás.
Armados todos con machetes —se decía que los nativos eran mala gente—, los acompañaría a la orilla el inválido capitán, que, en esta ocasión, al parecer estaba decidido a hacerse ver. Por lo tanto, además de su machete, en un viejo cinturón de abordaje llevaba metido un par de pistolas. De inmediato se largaron.
Mi amigo Fantasma Largo, entre otras cosas que se veían un tanto extrañas en un castillo de proa, tenía un catalejo enorme que en esa ocasión pusimos en uso.
Cuando el bote estuvo cerca del fondo de la ensenada, aunque no era visible a simple vista, se distinguía perfectamente con el anteojo: no se lo veía mayor que una cáscara de huevo y sus hombres parecían reducidos a pigmeos.