Omu

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Nos levantamos y continuamos la marcha; al llegar a la cima de la montaña, allí estaban, oh sorpresa, el lago y el pueblo de Tamai. Habíamos pensado que aún faltaría no menos de una legua. En el sitio en que nos habíamos detenido aún perduraba la claridad amarillenta del crepúsculo, pero abajo, en el valle, las sombras avanzaban, sigilosas; las aguas rizadas del lago verde reflejaban las casas y los árboles que se alzaban sobre sus orillas. Varias canoas pequeñas, amarradas aquí y allá a postes que emergían del agua, se balanceaban al compás de las ondas, y un pescador solitario remaba hacia una punta cubierta de hierba. Delante de las casas se veían grupos de nativos, algunos tumbados en el suelo cuan largos eran, otros apoyados con indolencia en los bambúes.

Con un ¡allá vamos!, bajamos corriendo por la ladera, y los nativos se adelantaron también a toda prisa para ver quiénes llegaban. Cuando estuvimos cerca, se apiñaron a nuestro alrededor, llenos de curiosidad por saber qué había traído a los karhowris hasta ese tranquilo pueblo. Cuando el doctor consiguió hacerles entender el motivo puramente social de nuestra visita, nos dieron una bienvenida realmente tahitiana: señalaban sus casas y nos decían que eran nuestras mientras quisiéramos quedarnos allí.


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