Omu

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Nos llamó la atención el aspecto de aquella gente; tanto hombres como mujeres tenían una apariencia mucho más saludable que los habitantes de las bahías. En cuanto a las jovencitas, eran más retraídas y modestas, más pulcras en sus ropas y mucho más lozanas y bonitas que las muchachas de la costa. Qué pena tan enorme, pensé, que sus encantos estuvieran sepultos en ese valle olvidado.

Esa noche nos instalamos en casa de Rartú, un viejo jefe hospitalario. La vivienda se alzaba en la ribera misma del lago, y a la hora de la cena, a través de una cortina de hojas susurrantes, teníamos a la vista la superficie del agua, tachonada de estrellas.

Al día siguiente recorrimos el lugar, y encontramos una comunidad pequeña y feliz, libre, en comparación, de muchos de los males lamentables que aquejan al resto de sus paisanos. También ocupaban mucho más su tiempo. Con sorpresa, vi que en varios lugares se fabricaba tappa. Los calicós europeos casi no se veían y tampoco había muchos artículos de origen extranjero.

Nominalmente, los habitantes de Tamai eran cristianos, pero al estar tan apartados de la jurisdicción eclesiástica, la religión tenía poco espacio entre ellos. Nos habían dicho que aún se practicaban en ese valle muchos juegos y bailes de corte pagano.


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