Omu

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Ya no habría más hevars esa noche, y Rartú, perentorio, nos arrastró hacia una canoa, varada sobre la ribera del lago; embarcamos a regañadientes, remamos en dirección al poblado, y llegamos con el tiempo justo para echar un buen sueño antes del amanecer.

Al día siguiente, el doctor salió a recorrer el lugar para encontrar a las bailarinas de la noche. Pensó que sabría cuáles eran porque se levantarían tarde, pero jamás un hombre estuvo tan equivocado porque, cuando salió, todo el mundo estaba dormido y la gente se levantó al unísono alrededor de una hora después. Sin embargo, en el curso del día, se encontró con varias a las que de inmediato imputó su presencia en la hevar. Había algunos hombres de aires remilgado por allí, que quizá visitaban a los mayores de Afrehitú, y las muchachas parecían incómodas, pero rechazaron la imputación con mucha habilidad.

Aunque dulces como palomas en general, a pesar de todo las mujeres de Tamai tienen un leve matiz de lo que extrañamente llamamos el «demonio», y así lo demostraron en esta ocasión. Cuando el doctor acosó a una de ellas, la joven se volvió hacia él de inmediato, le soltó una bofetada y le dijo:

—Harri perrar! (¡Ocúpate de tus cosas!)


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