Omu
Omu En pocos instantes el pueblo quedó atrás; con mi guía por delante, me encontré a la sombra de las alturas que dominaban el flanco más alejado del valle. Allí se detuvo el viejo a esperarme; después, en silencio, subimos a la par por la ladera.
No tardamos en llegar a una cabaña mísera, apenas visible entre las sombras que proyectaban los árboles cercanos. El viejo duende apartó una puerta rústica, sujeta con correas, y me hizo señas de que entrara. Dentro, todo estaba oscuro como la tinta, de modo que le hice entender que debía encender una luz, y pasar el primero. Sin responder, desapareció en la negrura; después de unos tanteos, oí que frotaba dos palos, y al instante vi una chispa. Se encendió entonces una candela nativa, me incliné y entré.
Era como una caseta de perro. Diseminados por el suelo había hediondos jergones viejos, cáscaras de coco y calabazas rotas; arriba, se entreveían las estrellas a través de los agujeros del techo. Aquí y allá, la paja había caído y colgaba en manojos.