Omu

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Le dije que hiciera lo que venía a hacer, o que me mostrara lo que me quería mostrar sin perder más tiempo. Echó una mirada medrosa a su alrededor, como si temiera una sorpresa, y empezó a revolver entre la basura que había en un rincón. Al fin, apartó una calabaza manchada de negro y con el cuello roto, con un gran agujero a un lado. Parecía que tenía algo dentro de la vasija; después de meter los dedos por la abertura, sacó unos viejos y mohosos pantalones de marinero y, sosteniéndolos muy contento, me preguntó cuántos trozos de tabaco le daría por ellos.

Sin responder, salí de allí a toda prisa, con el viejo a mis espaldas, gritando mientras yo corría hasta llegar al poblado. Allí pude eludirlo y regresar a mi casa, dispuesto a no revelar jamás una aventura tan poco gloriosa.

En vano a la mañana siguiente mi compañero me rogó que le diera a conocer lo ocurrido: guardé un silencio misterioso.

Sin embargo, lo sucedido fue bueno para mí durante el resto de mi estancia en Tamai, porque el ropavejero no volvió a molestarme, aunque siguió importunando al doctor, que inútilmente suplicaba al Cielo que lo librase del viejo.


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