Omu
Omu No tuvimos que andar mucho para llegar a él. Después de un hermoso paseo por una playa de conchas, nos encontramos en un prado, arbolado aquí y allá, que descendía hasta el mar, cuyas olas agitaban las cañas de juncia de sus lindes. Cerca había una cala pequeña, vallada con corales, en la que se balanceaba una flotilla de canoas. A pocos pasos de distancia, sobre una terraza natural que dominaba el mar, varias viviendas nativas, recién techadas, se asomaban entre las ramas de los árboles, como villas veraniegas.
Cuando nos acercamos, salió a nuestro encuentro un estallido de voces y, tras él, tres alegres muchachas, desbordantes de vida, salud y juventud, y muy animadas y traviesas. Una llevaba un llamativo vestido de calicó, y el pelo negro recogido en la nuca con dos enormes trenzas, unidas en los extremos y atadas con los zarcillos verdes de una enredadera. Por su aire seguro y atrevido, me figuré que podía ser una joven de Papeete, de visita en casa de amigos del campo. Sus compañeras no llevaban más que enaguas de algodón, sus cabellos estaban en desorden y, aunque eran muy guapas, se advertía en ellas la reserva y la cortedad características de provincias.