Omu

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Había una especie de mantel auxiliar en un rincón, sobre el que, con su piel brillante y pulida, descansaban los plátanos más lozanos; avis de reluciente escarlata; guayabas de pulpa carmesí visible y casi móvil, como el rubor bajo una piel transparente; naranjas tintadas de marrón cereza, y grandes melones estupendos, que rodaban, firmes, de un lado a otro. ¡Qué acopio! ¡Todo maduro, rojizo y rotundo, pleno del vigor magnífico del suelo tropical que lo sustentaba!

—¡Oh, patria de vergeles! —exclamó el doctor, en trance, y dio un bocado a una especie de fruto al que los caballeros de temperamento sanguíneo son muy afectos, es decir, a los labios de la señorita Nacida de Día, que estaba de pie, mirando.

Marharvai señaló los asientos a sus invitados, y empezamos a comer. Pensé que había que dar las gracias por la hospitalidad: me levanté, y brindé por él con el vino vegetal del coco, repitiendo el saludo habitual, Senoría, bonyú, él comprendió que se le hacía un cumplido, a la manera de los hombres blancos, y con un cortés gesto de la mano me rogó que me sentase. Sin duda, por más refinadas que sean otras personas, no hay gente más sencilla y graciosa en sus maneras que la de Imeeo.


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