Omu
Omu A la hora del mediodía, este bosque es uno de los lugares más bellos, serenos y embrujadores que yo haya visto. Arriba, en lo alto, susurran las hileras de arcos verdes, y a través de ellas pasa el sol hasta tocar el suelo con sus chispas. Se diría que el caminante vaga por una columnata ilimitada, y los pasillos majestuosos se intersectan en innumerables sitios. También reina allí, lejos y cerca, un silencio extraño, y en el aire flota la quietud dulce de un atardecer.
Pero después de las largas calmas matinales, llega la brisa marina, y se desliza por las copas de estos mil árboles, que la saludan con sus penachos. Pronto la brisa se aviva, y se oye que las ramas se rozan entre sí, a la vez que los troncos flexibles se balancean. Hacia la noche, todo el bosque se mece, y el caminante que recorre la Carretera de la Escoba se sobresalta por la caída frecuente de los cocos, desprendidos de sus tallos delgados. Llegan volando por el aire, como las bolas de un malabarista, y a menudo rebotan sobre la tierra hasta detenerse, algunas varas más allá.