Omu
Omu ¡Qué desencanto el de nuestra tripulación! Todos sus pequeños planes de nadar hasta tierra desde los vestigios del naufragio y pasarlo muy bien por el resto de sus días fueron cortados en plena flor.
Poco después, la canoa llegó a nuestro lado. En ella había ocho o diez nativos, jóvenes guapos y vivaces, todos ellos gestos y exclamaciones, tocados con diademas de plumas rojas que se movían sin cesar. Con ellos venía también un extranjero, un renegado del cristianismo y de la humanidad, un hombre blanco con una faja típica de los Mares del Sur y la cara tatuada. Una ancha franja azul se extendía por la cara de oreja a oreja y en la frente se le veía la figura fusiforme de un tiburón azul, sólo aletas de la cabeza a la cola.