Omu

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Algunos miramos a ese hombre con un sentimiento cercano al horror, que en nada se debilitó cuando nos informaron de que su persona había obtenido aquel realce por voluntaria elección. ¡Qué marca! Mucho peor que la de Caín, pues debía de haber sido quizá una arruga, o una peca, que tal vez alguno de nuestros cosméticos de hoy podría haber borrado; pero el tiburón azul era una estampa indeleble, que ni todas las aguas del Abana y el Farpar, los ríos de Damasco, podrían borrar jamás. El hombre era inglés, y se hacía llamar Lem Hardy; había desertado de un bergantín que recaló en la isla en busca de leña y agua unos diez años antes. Había bajado a tierra como una potencia soberana, armado con un mosquete y una bolsa de munición y preparado, de haber necesidad, para entablar la guerra por su propia cuenta. El país estaba dividido por obra de soberanos hostiles de varios valles amplios. Con uno de ellos, el primero que le había hecho alguna oferta, selló una alianza, y se convirtió en lo que en esos momentos aún era: el jefe militar de la tribu y el dios guerrero de toda la isla.

Sus campañas superaban a las de Napoleón. En una noche, su invencible mosquete, secundado por una infantería ligera de lanzas y venablos, atacó y venció a dos clanes, y a la mañana siguiente puso a todos los demás a los pies de su regio aliado.


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