Omu
Omu El auge de su suerte doméstica no le iba en zaga a la del corso: tres días después de desembarcar ya era suya la mano exquisitamente tatuada de una princesa; con la damisela, como dote recibió mil brazas de excelente tappa, cincuenta esteras de palma partida y de doble trenzado, cuatrocientos marranos, diez casas en distintos puntos del valle natal de la joven y la sacra protección de un edicto expreso de tabú, en el que su persona se declaraba inviolable para siempre.
En tales condiciones, ese hombre estaba asentado de por vida, y no sentía ningún deseo de volver junto a sus amigos. «Amigos», en realidad, no tenía ninguno. Él mismo me contó su historia. Llegó al mundo como expósito, y sus orígenes paternos eran para él tan misteriosos como la genealogía de Odín; escarnecido por todos, huyó del hospicio vicarial cuando aún era un niño, y se hizo a la mar. Siguió en ella durante varios años, como un perro al pie del mástil, y ahora la había dejado para siempre.
Y sobre todo, se trataba de esa clase de hombres —y entre los marineros hay muchísimos— que no se preocupan por alma alguna, que no tienen ataduras: temerarios e impacientes ante las restricciones de la civilización, a veces se encuentran muy a gusto en las islas salvajes del Pacífico. Si se echa una mirada a la dura suerte que les tocó en su propio país, ¿quién se maravillará de su elección?