Omu
Omu Según el renegado, no había ningún otro hombre blanco en la isla, y como el capitán no podía tener motivo para figurarse que Hardy intentaba engañarnos, dedujo que de un modo u otro los franceses se habían equivocado en lo que nos habían dicho. Sin embargo, cuando nuestro cometido se dio a conocer entre el resto de nuestros visitantes, uno de ellos, un mozo guapo, robusto, con una cara y unos ojos muy expresivos, se ofreció como voluntario para acompañarnos en un periplo. Por todo pago pedía una camisa roja, unos pantalones y un sombrero que se le habían de dar allí y entonces, además de una tableta de tabaco y una piña. El trato se hizo directamente, pero después Waimon— tú se descolgó con un codicilo para estipular que un amigo suyo, que iría con él, debía recibir diez galletas de barco, enteras y sin ninguna grieta ni falta, veinte clavos perfectamente nuevos y absolutamente derechos y una navaja. Una vez acordado esto, los objetos se entregaron de inmediato, y el nativo los recibió con enorme avidez; como no llevaba ropas, usó su boca a modo de bolsillo para guardar los clavos, pero, antes, dos de ellos pasaron a ocupar el lugar de pendientes en las orejas, adaptados curiosamente a trozos de madera blanqueada.