Omu
Omu Empezó entonces a soplar viento fuerte desde el mar, y sin pérdida de tiempo había que apartarse de tierra; después de un tierno frotamiento de narices entre nuestro nuevo tripulante y sus paisanos, zarpamos con él a bordo.
Para nuestra sorpresa, mientras nos deslizábamos con los sobrejuanetes henchidos por el viento, nuestro isleño escuchó los gritos de despedida que llegaban de la canoa sin inmutarse, pero no fue por mucho tiempo. Esa misma noche, cuando el azul oscuro de sus montañas natales se hundió en el horizonte, el pobre salvaje se tendió sobre las batayolas, dejó caer la cabeza sobre el pecho, y dio salida a emociones irreprimibles. El barco cabeceaba con fuerza y, es triste decirlo, Waimontú, además de sus otras aflicciones, sufría un terrible mareo.