Omu
Omu A primera hora de la tarde, llegamos cerca del lugar al que nos dirigíamos. Era una casa solitaria, habitada por cuatro o cinco viejas que, cuando entramos, estaban sentadas en círculo sobre las esteras, comiendo poí de una calabaza rajada. Se alegraron al ver a nuestras compañeras, pero se pusieron rígidas cuando fuimos presentados. Entre miradas suspicaces, preguntaron en un susurro quiénes éramos. Las respuestas que recibieron no fueron satisfactorias, porque nos trataron con evidente frialdad y reserva, y parecían deseosas de cortar nuestra relación con las muchachas. Por lo tanto, sin ganas de imponer nuestra compañía, pues resultaba desagradable, decidimos marcharnos sin siquiera comer algo.
Informadas de esto, Marhar-Rarrar y sus compañeras mostraron una seria preocupación; igualmente olvidadas de sus anteriores actitudes y de las reconvenciones de las viejas, estallaron en sollozos y lamentos desgarradores, por todo lo cual aceptamos quedarnos hasta que ellas regresaran, cosa que se produciría a la aheharar, o caída del sol, es decir al atardecer.
Cuando llegó la hora, después de muchas despedidas, las vimos embarcar sin novedad. Cuando la canoa bordeaba una punta, las muchachas cogieron, de manos de los viejos, los remos para agitarlos silenciosamente en el aire. Era un adiós sentido, porque sólo se agitan los canaletes de esa manera cuando se supone que los que se separan jamás volverán a verse.