Omu

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Continuamos nuestro viaje por la playa, y pronto llegamos a un cabo de la costa, llano y pronunciado, con árboles plantados aquí y allá, que describía una amplia curva y abarcaba una parte considerable de la isla. Un bonito sendero bordeaba este saliente, y nos detuvimos varias veces para admirar el paisaje. Hacía una tarde de limpidez y tranquilidad notables aun para un clima tan maravilloso como aquél y, a nuestro alrededor, hasta donde llegaba la mirada, se confundían el cielo azul y el mar.

Mientras avanzábamos, seguía acompañándonos el cinturón del arrecife, girando cuando girábamos, haciendo resonar en nuestros oídos sus lejanas notas bajas como el fragor continuado de una catarata. A la distancia, semejantes a una línea de corceles en retirada, rompiendo sin cesar contra la barrera de coral, las grandes olas se refrenaban, y sacudían sus blancas crines lucientes de espuma.

Estos rompeolas naturales están admirablemente diseñados para la protección de la tierra. Casi todas las Islas Sociedad están defendidas de este modo. Si las grandes olas del Pacífico rompieran contra los blandos terrenos aluviales que en muchos puntos dan al mar, no tardarían en llevarse la tierra, y los nativos perderían sus parcelas más productivas. En cambio, gracias a la barrera coralina, ni las riberas de un arroyuelo pueden ser más firmes.


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