Omu
Omu —Y lo que queréis es embarcar, mis encantos, ¿verdad? —exclamó un menudo marinero de Belfast, calvo y con rizos, que se acercaba a nosotros—. ¡Venga, venga, mis florecitas, mejor que vayáis a tierra al momento! O el demonio del capitán os llevará a los dos a la mar, queráis o no. Mejor marchaos, cieletes, y quedaos lejos de este infierno tan festejado mientras tengáis vida. Aquà nos matan a trabajar todos los dÃas, y nos morimos de hambre, por si fuera poco. Tú, Dick, muchacho, empuja la barca de estos pobres diablos, y remad como si tuvierais que salvar la vida.
Pero fuimos matando el tiempo, escuchando otros alicientes semejantes para embarcar, y al fin nos quedamos a cenar con ellos. Mi navaja jamás cortó mejor cecina que la que habÃa en las escudillas del castillo de proa. El pan también estaba duro, seco y crujiente como el cristal, y habÃa abundancia de ambas cosas.
Mientras estábamos abajo, el maestre de la nave pidió que alguno subiera a cubierta. Me gustó su voz: oÃrla equivalÃa a ver su cara. Anunciaba a un marinero de verdad y no a un déspota.