Omu
Omu El aspecto mismo del Leviathan era muy agradable. Como todos los viejos balleneros grandes y cómodos, tenía una especie de aire maternal: ancho de manga, cubiertas amplias y cuatro botes regordetes colgando por delante. Sus velas caían en pliegues sueltos sobre las vergas, como si estuvieran extenuadas, pero se podían ajustar bien; los obenques se balanceaban, negligentes y flojos, y las «jarcias de labor» jamás trabajaban tanto como en algunos de esos «barcos elegantes», en los que se apretujan en las poleas, como zapatillas chinas, demasiado pequeñas para ser útiles; al contrario, los cabos corrían con mucha algarabía, como si llevaran mucho tiempo viajando por el mismo camino y estuviesen habituados a él.
Cuando llegó la noche, bajamos a nuestra canoa y remamos hacia la playa, totalmente convencidos de que ese buen barco no se merecía el nombre que le habían puesto.