Omu

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Durante las horas del día, la casa de Po-Po era un lugar muy cómodo para descansar. De modo que, después de dar un paseo y de ver todo lo que había que ver, pasábamos gran parte de nuestras mañanas en ella; desayunábamos tarde y comíamos unas dos horas después del mediodía. A veces nos tumbábamos sobre el tapiz de helechos, fumando y contando anécdotas, de las que el doctor sabía tantas como un capitán de la reserva de la Armada. A veces conversábamos, lo mejor que podíamos, con los nativos, y un día —¡cuánta felicidad! — Po-Po nos llevó tres volúmenes de las novelas de Smollett, hallados en el baúl de un marinero, muerto hacía un tiempo en la isla.

¡Amelia! ¡Peregrina! ¡Tú, conde de Fathom, rey de los granujas! ¡Qué inmensa deuda tengo con vosotros! 46

No sé si fue la lectura de estas novelas o el deseo de algún entretenimiento sentimental lo que llevó al doctor, por esta época, a asediar el corazón de la pequeña Lu.





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