Omu
Omu Lu tuvo un sobresalto, uno pequeño, apenas perceptible; después, ocultó algo en su mano y se quedó completamente inmóvil. El doctor, bastante espantado por su propia temeridad, no sabía qué hacer a continuación. Por fin, se decidió, con gran cautela, a echarle el brazo en torno a la cintura, y casi al mismo tiempo se puso en pie de un salto, gritando. La pequeña bruja le había clavado una espina, pero seguía allí, más tranquila que nunca, volviendo las hojas y leyendo para sí.
Mi larguirucho amigo levantó el asedio de inmediato y, confuso, emprendió la retirada hacia donde estaba yo tumbado, mirando.
Estoy seguro de que Lu debió de contar el incidente a su padre, que llegó poco después, porque Po-Po miró de un modo extraño al doctor, aunque no dijo nada y, al cabo de diez minutos, se mostró tan afable como siempre. En cuanto a Lu, no hubo en ella ni un mínimo cambio, y el doctor, por supuesto, la dejó en paz para siempre.