Omu
Omu En cuanto puse los ojos en el marquesano, supe dónde había nacido, y le saludé en su lengua; él se volvió, sorprendido de que fuera un extranjero quien le hablaba en su idioma. Supimos que había nacido en Tior, una cañada de Nuku Hiva. Yo había visitado ese lugar más de una vez, de modo que, en la isla de Imeeo, nos reconocimos casi como viejos amigos.
En mis frecuentes conversaciones con Marbonna, por encima de la valla de bambú, descubrí que este isleño era un filósofo por naturaleza, un pagano agreste que moralizaba acerca de los vicios y locuras de la corte cristiana de Tahití, un salvaje que desdeñaba la degeneración de la gente con la que el destino lo había mezclado.
Me asombraron los sentimientos nacionalistas del hombre. Ningún europeo, cuando está en tierra extraña, podría hablar de su país con más orgullo que Marbonna del suyo. Una y otra vez, me aseguró que, en cuanto tuviera dinero suficiente para comprar veinte mosquetes y otros tantos sacos de pólvora, volvería a su patria, con la que Imeeo no era digna de compararse.