Omu
Omu Fue el marquesano quien, tras uno o dos intentos fallidos, consiguió al fin que se nos admitiera en la residencia de la reina. Entre un gentío considerable, nos llevó a través de la plataforma hasta un anciano que estaba sentado, al que nos presentó como un par de karhowris conocidos suyos, deseosos de ver los lugares más destacados de palacio. El venerable chambelán nos miró y sacudió la cabeza; el doctor pensó que quería algún soborno, y puso un rollo de tabaco en su mano. Esto nos valió su gracia, y se nos permitió seguir adelante. En el momento en que íbamos a entrar en una de las casas, desde media docena de lugares distintos gritaron el nombre de Marbonna, y él tuvo que retirarse.
Abandonados así, en el propio umbral, y librados a nuestra suerte, la seguridad de mi compañero nos resultó muy útil. Se dirigió hacia la derecha, y le seguí. El lugar estaba lleno de mujeres que no se mostraron sorprendidas, como esperábamos, sino que se acercaron a nosotros cordialmente, como si llegásemos a tomar nuestro té Souchong con ellas, por expresa invitación. En primer lugar, no tuvimos más remedio que devorar, cada uno, una calabaza de poí y varios plátanos asados. Después se encendieron las pipas, y se desarrolló una conversación animada.