Omu
Omu Las damas de la corte, no demasiado refinadas, eran sorprendentemente libres y abiertas en sus modales, casi tanto como las bellezas del rey Carlos49. Tratamos de caerle en gracia a una de ellas —una jovencita pÃcara, que podÃa conversar con nosotros fluidamente—, con la idea de lograr que fuese nuestra guÃa.
Como tal, resultó ser todo lo que podÃamos desear. Nadie se oponÃa a sus deseos, entraba en todas partes sin ceremonia, corrÃa las cortinas, levantaba las esteras, y exploraba todos los rincones y recovecos. No sé si la damisela llevaba el sello real, para que todo se abriera asà ante ella, pero el propio Marbonna, el ayo de los niños, no podÃa haber sido ni la mitad de útil.
Entre otras, visitamos una casa amplia y bonita, residencia personal de un europeo —antiguo oficial de un buque mercante— que se habÃa hecho el honor de casarse dentro de la familia Pomaré. La dama con la que habÃa matrimoniado era una parienta cercana de la reina, y asà fue como se convirtió en miembro permanente de la casa de su majestad. Este aventurero se levantaba tarde, se vestÃa como un personaje teatral con ropas de calicó y baratijas, adoptaba un tono dictatorial en la conversación y —era obvio— estaba muy satisfecho de sà mismo.