Omu

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Entre otros recursos para matar el tiempo, durante las frecuentes calmas, Fantasma Largo echó mano del juego de ajedrez. Con una navaja modelamos unas elegantes piezas con trozos de madera, y nuestro tablero fue la parte central de la tapa de un baúl con los escaques dibujados con tiza, en el que nos sentábamos a horcajadas en cada extremo para jugar. Como no había mejor manera de distinguir las piezas, marqué las mías atándoles pequeñas tiras de seda negra, sacadas de un viejo pañuelo de cuello. Ponerlas así de luto, dijo el doctor, era muy propio, en vista de que tenían razones para sentirse tristes en tres de cada cuatro juegos. Los hombres nunca pudieron encontrarle ni pies ni cabeza al ajedrez, e incluso su asombro llegó hasta tal punto que al fin miraban los misteriosos movimientos del juego con algo más que perplejidad; después de consultar entre sí, desconcertados, a lo largo de varias prolongadas partidas, llegaron a la conclusión de que debíamos ser un par de nigromantes.







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