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Unas hamacas rudimentarias, hechas con velas viejas, en muchos casos se usaban a modo de sustitutos de las literas destrozadas, pero el espacio en que estaban colgadas era tan estrecho que estaban muy lejos de resultar agradables.

El aspecto general del castillo de proa hacía pensar en el de una mazmorra sucia en extremo. En primer lugar, no había ni cinco pies de una cubierta a otra, e incluso este espacio estaba invadido por dos rústicos maderos en cruz que recorrían la nave a la altura del pecho de los marineros y por encima de los cuales había que arrastrarse para entrar. A la hora de las comidas, y sobre todo cuando nos demorábamos en una conversación después de la cena, nos sentábamos sobre los baúles como un grupo de sastres.

En el centro de todo aquello, había dos columnas cuadradas, de madera, que en la arquitectura marina reciben el nombre de «abitones de bauprés». Estaban a un pie de distancia la una de la otra y entre ambas, suspendida con una cadena herrumbrada, se mecía la lámpara del castillo de proa, encendida día y noche, que proyectaba eternamente dos largas sombras. Debajo, entre los abitones, había un arcón, o despensa de los marineros, en el que se mantenía un desorden repulsivo y que a veces clamaba por una limpieza enérgica y una fumigación.


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