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Por todas partes el barco estaba en condiciones de máximo desmantelamiento, pero en el castillo de proa parecía el interior de un viejo árbol en un tris de pudrirse. En todos los puntos la madera estaba húmeda y descolorida y, aquí y allá, blanda y porosa. Además, tenía marcas inmisericordes de cuchillo y de hacha, pues a menudo el cocinero, para encender la lumbre, sacaba astillas de los abitones y de las vigas. Arriba, todos los entremiches estaban cubiertos de tizne y se veían hondos agujeros quemados, un entretenimiento caprichoso de algunos marineros borrachos en el curso de los largos viajes anteriores.

Desde arriba se entraba por una pasarela sostenida con dos cuñas, que bajaban en línea oblicua desde la escotilla, un simple agujero en la cubierta. No había ninguna tapa corrediza que se pudiera deslizar en casos de emergencia, y la tela encerada que a veces se ponía allí poca protección era contra las salpicaduras que superaban las bordas en los cabeceos; de este modo con cualquier suave brisa el lugar quedaba míseramente mojado. En las borrascas, caía una cortina de agua, como en una cascada, calándolo todo, para después saltar en chorros entre los baúles, como si de una fuente se tratase.



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