Omu

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El maestre me llevó a cubierta, hizo que me tendiera sobre el molinete, y empezó a examinar mi pierna; después, tras curarla con algo que sacó del botiquín, la lió con un trozo de una vela vieja, e hizo tal atado que, con los pies apoyados en el molinete, me podrían haber tomado por un marinero enfermo de gota. Mientras sucedía todo esto, alguien me quitó la túnica de tappa2 para ponerme en su lugar una camiseta azul; y otro, movido por el mismo deseo de convertirme en un mortal civilizado, materializó en torno a mi cabeza un par de tijeras de esquilar, con perentorio peligro de ambas orejas y la destrucción segura del pelo y las barbas.

El día llegaba a su fin y, a medida que la tierra se esfumaba de mi vista, fui tomando conciencia del cambio de mi situación. Pero qué pocas expectativas tiene a menudo el cumplimiento de nuestras esperanzas más ardientes. Seguro a bordo de un barco —hasta entonces mi demanda más extremada—, con mi tierra y mis amigos una vez más en la perspectiva, no obstante me sentía apesadumbrado por una melancolía que no lograba quitarme de encima. Era la idea de que ya no volvería a ver a los que, a pesar de su deseo de mantenerme cautivo, en el fondo me habían tratado con tanta consideración. Los estaba abandonando para siempre.


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