Typee
Typee Me volví a Toby y la vacilante luz de una vela nativa me mostró su pálido rostro ante aquella interrogante fatídica. Callé por un momento y, no sé por qué impulso, respondí:
Typee.
La pétrea figura respondió con un movimiento afirmativo y murmuró: —¿Mortarki?
— ¡Mortarki! -añadí sin vacilar—. ¡Typee mortarki!
¡Qué cambio! Las sombrías figuras que nos rodeaban empezaron a saltar, aplaudir y gritar una y otra vez las talismánicas sílabas que parecían haber sellado el asunto.
Cuando la agitación decreció, el jefe principal de nuevo en cuclillas frente a mí y con repentina rabia, comenzó una filípica que según pude entender por la repetición de la palabra japar, parecía dirigida hacia los nativos del valle vecino. A todas estas denuncias asentimos Toby y yo, mientras encomiábamos el carácter guerrero de los taipis. Por supuesto, nuestros panegíricos eran algo lacónicos, consistentes en la reiteración de ese nombre unido al efectivo adjetivo mortarki. Pero esto bastaba y sirvió para conciliar la buena voluntad de los nativos; nuestra afinidad con sus sentimientos en este sentido inspiró más la tendencia hacia la amistad que cualquier otra cosa que hubiera sucedido.