Typee

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Fue en este instante de agonía que di por perdidas todas las esperanzas, cuando una nueva discusión se produjo entre los dos grupos que me acompañaron a la costa; se golpearon, se hirieron y corrió la sangre. En el interés suscitado por la refriega, me dejaron solo con Marheyo, Kori-Kori y la pobrecita Feyawey, que se asía a mí sollozando. Vi que era cuestión de "ahora o nunca". Uní las palmas de mis manos, miré implorando a Marheyo y retrocedí hacia la costa ahora desierta. De los ojos del viejo brotaron lágrimas, pero ni él ni Kori-Kori trataron de detenerme y pronto llegué junto al kannaka, que había estado observando ansioso mis movimientos; el bote se acercó cuanto pudo hasta los arrecifes; le di un abrazo de despedida a Feyawey, que parecía muda de pesar y al instante me encontré en el bote, al lado de Karakoi, quien ordenó a los remeros que partiéramos de inmediato. Marheyo y Kori-Kori, y muchas de las mujeres, se lanzaron al agua detrás de nosotros y decidí, como la única señal de gratitud que podía darles, ofrecerles los artículos que se habían traído como precio de mi rescate.






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