Typee

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Decidimos ayunar el resto del día, pues nos habíamos reforzado con el desayuno matutino; y volviendo a incorporarnos, buscamos dónde guarecernos de la noche que, por la apariencia del cielo, prometía ser oscura y tempestuosa.

No había cerca de nosotros lugar alguno que respondiera a nuestros propósitos y, de espalda a Nukujiva, empezamos a explorar terreno desconocido al otro lado de la montaña.

En esta dirección hasta donde alcanza la vista, no había señal de vida ni algo que denotara incluso la estancia temporal de un hombre. Todo el paisaje parecía un lugar solitario imperturbable; el interior de la isla al parecer no había sido habitado desde los albores de la creación; y según avanzamos por esta soledad, nuestras voces sonaban raras en nuestros oídos, como si las palabras humanas nunca antes hubieran perturbado el espantoso silencio del lugar, interrumpido sólo por el suave murmullo de lejanos saltos de agua.

Sin embargo, nuestra decepción por no haber encontrado las distintas frutas que pensábamos disfrutar durante nuestra estancia en estos salvajes parajes, se compensó por el consuelo de que por esta misma circunstancia estaríamos menos expuestos al encuentro casual con las tribus indígenas que, como sabíamos, siempre habitan bajo las sombras de aquellos árboles que les proveen de alimentos.


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