Infiltrada
Infiltrada Los dÃas pasaban como un espejismo en la facultad, cada interacción una capa más enredada de desconfianza y tensión. Bárbara avanzaba con cautela, cada vez más consciente de que los rostros amables a su alrededor escondÃan intenciones opacas. El aire del campus era sofocante, cargado de una presión invisible, como si todos supieran algo que ella no. Una mañana, mientras revisaba los papeles en la sala de profesores, Susan apareció con el rostro pálido. —Bárbara... alguien estuvo en mi oficina anoche. Mis archivos están revueltos. —¿Encontraste algo fuera de lugar? Susan negó con la cabeza, pero su expresión revelaba algo más. —Solo... siento que no estamos solas aquÃ. Esa frase quedó grabada en la mente de Bárbara mientras continuaba con su investigación. Las notas de Hanna sobre el Proyecto Veritas eran crÃpticas, pero al juntar las piezas, comenzó a sospechar que habÃa más en juego que simples intrigas académicas. Algunos nombres se repetÃan una y otra vez en los documentos: profesores de alto perfil, benefactores de la facultad... y algo más inquietante: menciones veladas a experimentos psicológicos no éticos. Un encuentro con el profesor Grayson, jefe del departamento de sociologÃa, fue un punto de quiebre. —¿Qué quiere de mÃ, doctora? —preguntó él, su voz cortante como el filo de un cuchillo. —Solo quiero entender qué pudo haber llevado a Hanna a terminar como terminó. ¿SabÃa usted algo del Proyecto Veritas? El rostro de Grayson se endureció, y por un instante, Bárbara pensó que no responderÃa. —Ese proyecto no tiene nada que ver con su muerte. —Se levantó bruscamente, terminando la conversación. Pero su mirada cargada de amenaza decÃa más de lo que sus palabras ocultaban. Esa noche, Bárbara volvió al despacho de Hanna. HabÃa encontrado una llave entre sus pertenencias, y estaba segura de que abrirÃa el archivador cerrado que habÃa ignorado hasta ahora. Al hacerlo, sus manos temblaron al descubrir una carpeta con fotos y reportes detallados sobre estudiantes y colegas. Los textos hablaban de manipulaciones psicológicas y pruebas que iban más allá de cualquier código ético. —¿Qué demonios estaba pasando aquÃ, Hanna? —susurró, sus ojos recorriendo los documentos. Un ruido a su espalda la sobresaltó. Se giró rápidamente, su corazón golpeando con fuerza, pero no habÃa nadie. El miedo acechaba como una sombra persistente, y Bárbara no pudo evitar mirar de reojo el reflejo en la ventana mientras guardaba la carpeta. Más tarde, Malcom apareció en su pequeño apartamento improvisado cerca del campus. —No puedes seguir con esto sola —le dijo, su tono firme pero con un deje de preocupación. —No necesito tu permiso, Malcom. Estoy cerca de algo grande. —¿A qué costo, Bárbara? —Él se inclinó hacia ella, sus ojos verdes penetrantes—. Estás jugando con fuego, y te estás quemando. Por un instante, Bárbara dudó. Pero su resolución era como acero. —Hanna merece justicia. Esa misma noche, mientras intentaba dormir, una vibración de su teléfono la despertó. Era un mensaje anónimo: "Deja de hurgar o terminarás como ella." El abismo que Bárbara sentÃa bajo sus pies era más profundo de lo que habÃa imaginado, y ahora sabÃa que estaba caminando en una delgada cuerda sobre un peligro mortal. Sin embargo, su mirada se endureció. Más que miedo, sentÃa algo mucho más poderoso: la necesidad de descubrir la verdad, sin importar las máscaras que tuviera que romper en el proceso.
