El dominico blanco
El dominico blanco —Estaba en la iglesia, esperando a que me llamaran, cuando una mano me hizo una señal y, al acercarme al confesonario, un monje blanco que se hallaba dentro me preguntó tres veces cómo me llamaba. La primera vez no lo supe, la segunda lo sabía, pero lo olvidé antes de poder pronunciarlo, y la tercera un sudor frío me humedeció la frente, la lengua se me inmovilizó, no podía hablar, pero alguien gritó en mi pecho: «Christopher». El monje blanco debió de oírlo porque escribió el nombre en un libro, lo señaló y dijo: «Con esto has quedado inscrito en el Libro de la Vida». Entonces me bendijo y añadió: «Te perdono tus pecados, los pasados y los futuros».
Al oír mis últimas palabras, que pronuncié en voz muy baja para que no las oyera ninguno de mis compañeros, porque me daban miedo, el capellán retrocedió un paso, como sobrecogido por el horror, y se santiguó.
Aquella misma noche, por primera vez, abandoné la casa de manera incomprensible, y después no pude explicarme cómo volví.
Me había acostado sin ropa y me desperté por la mañana en la cama totalmente vestido y con las botas cubiertas de polvo. En el bolsillo tenía flores silvestres que sólo podía haber cogido en la cumbre de la montaña.