El dominico blanco

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Con posterioridad me ocurrió a menudo, hasta que los vigilantes del orfanato lo descubrieron y me pegaron porque nunca podía decir dónde había estado.

Un día me hicieron ir al convento a ver al capellán, que estaba con el anciano que más tarde me adoptó y que se hallaba en medio de la habitación, y adiviné que habían hablado de mis excursiones.

—Tu cuerpo es aún demasiado inmaduro; no puede ir contigo. Te ataré —dijo el anciano mientras me llevaba de la mano a su casa, jadeando de un modo extraño a cada palabra.

El corazón me palpitaba de miedo, porque no comprendía qué quería decir.

En la puerta de hierro de la casa, adornada con grandes clavos, se leía, grabado sobre metal: «Bartolomáus, barón Von Jocher, farolero honorario».

No comprendí cómo un noble podía ser farolero; al leerlo, tuve la sensación de ser despojado de todos los escasos conocimientos adquiridos en la escuela, como si fueran pedazos de papel; hasta tal punto dudé en aquel instante de mi capacidad de pensar con claridad.


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