El dominico blanco
El dominico blanco Más adelante supe que el primer antepasado del barón había sido un farolero corriente a quien ennoblecieron por alguna razón que desconozco. Desde entonces, en el escudo de los Von Jocher figura una lámpara de aceite, una mano y un palo, y los barones cobran de generación en generación una pequeña renta anual del Estado, tanto si desempeñan como si no su trabajo de encender los faroles de las calles.
Al día siguiente ya tuve que empezar a ejercer el cargo por orden del barón.
—Tu mano debe aprender lo que más tarde realizará tu espíritu —dijo—. Por muy humilde que sea el oficio, se ennoblece cuando el espíritu puede adoptarlo. El trabajo que el alma se niega a heredar no es digno de que lo ejecute el cuerpo.
Miré al anciano y guardé silencio, porque entonces aún ignoraba el significado de sus palabras.
—¿O preferirías ser comerciante? —añadió en tono de amistosa burla.
—¿Debo apagar los faroles por la mañana temprano? —pregunté con timidez.
El barón me acarició la mejilla:
—Por supuesto; cuando sale el sol, la gente no necesita otra luz.