El dominico blanco
El dominico blanco De vez en cuando, mientras me hablaba, el barón me miraba a hurtadillas de un modo singular; en sus ojos parecÃa ocultarse la muda pregunta: «¿Comprendes por fin?», o acaso significaba: «Estoy lleno de inquietud, por si lo has adivinado».
En estos casos sentÃa a menudo un cálido ardor en mi pecho, como si aquella voz que durante mi confesión al monje blanco habÃa gritado el nombre de Christopher me diese una respuesta inaudible.
Desfiguraba al barón un enorme bocio en el lado izquierdo, de modo que el cuello de su levita tenÃa que estar cortado hasta el hombro para que no impidiese el movimiento del cuello.
Por la noche, cuando la levita estaba colgada de la butaca y parecÃa el tronco de un decapitado, solÃa invadirme un terror indescriptible del que sólo podÃa librarme imaginando la influencia sumamente amable sobre la vida que emanaba del barón. Pese a sus achaques y el aspecto casi ridÃculo que ofrecÃa su barba gris sobre el bocio, como una escoba erizada, mi padre adoptivo tenÃa una elegancia y delicadeza poco corrientes, una cualidad indefensa e infantil, y como una incapacidad de herir a nadie, que sólo hacÃan que aumentar cuando a veces adoptaba una actitud amenazadora, y le miraba a uno con severidad a través de los vidrios ustorios[1] de sus anticuados quevedos.
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