El dominico blanco
El dominico blanco En tales momentos se me antojaba siempre una gran urraca que se plantara delante de uno como desafiando a la lucha, mientras su ojo, vigilante en extremo, puede apenas disimular el miedo: «No te atreverás a intentar cogerme, ¿verdad?».
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La casa de los Von Jocher, en la que viviría tantos años, era una de las más antiguas de la ciudad; tenía muchos pisos, que habían alojado a los antepasados del barón, siempre la nueva generación en un piso más alto que la anterior, como si sus ansias de estar más cerca del cielo fuesen cada vez mayores.
No puedo recordar si el barón había entrado alguna vez en estas viejas estancias, cuyas ventanas eran ciegas y grises; vivía conmigo en un par de habitaciones desnudas y encaladas que había bajo el tejado plano.
En otros lugares crecen los árboles sobre la tierra y los seres humanos caminan entre ellos; en nuestra casa hay un saúco de umbela blanca y fragante que crece muy alto en una gran caldera herrumbrosa que, destinada a canalón en otro tiempo, envía hacia el empedrado una cañería llena de hojas podridas y tierra sucia.