El dominico blanco
El dominico blanco Muy abajo fluye un río ancho, sin olas, de agua proveniente de las montañas, pegado a las antiquísimas casas de color rosa, amarillo ocre y azul claro, que miran desde sus ventanas desnudas y cuyos tejados parecen sombreros sin alas, cubiertos de musgo verde. Rodea como un círculo la ciudad, que se levanta dentro de él como una isla apresada por un lazo de agua; viene del sur, se dirige hacia el oeste, vuelve de nuevo al sur, ahora a través de una estrecha lengua de tierra en cuyo extremo se levanta nuestra casa, separado del lugar donde empieza a abrazar la ciudad, para desaparecer de la vista detrás de una colina verde. Por el puente de madera marrón, flanqueado por tablas de la altura de un hombre —con el suelo de burdos y ásperos troncos que se mueven cuando pasa una carreta de bueyes—, se llega a la otra orilla, arbolada, por la que bajan al agua regueros de arena. Desde nuestro tejado se domina un gran panorama de prados en cuya brumosa lejanía las montañas flotan como nubes y las nubes pesan como montañas sobre la tierra.