El dominico blanco
El dominico blanco ¡Nunca hemos hablado de ello porque no hemos tenido tiempo mientras nos besábamos y abrazábamos, amigo mÃo! Pero créeme: tan cierto como que hay una Providenda, lo es que existe una tierra de eterna juventud. ¡Si no lo supiera, jamás tendrÃa el valor de separarme de ti!
Allà volveremos a vernos para no separarnos nunca más: allà seremos ambos de la misma edad y el tiempo será un presente eterno para nosotros.
Sólo una cosa me preocupa… —pero no, ¡ya sonrÃo de nuevo al pensarla!— y es que tú no puedas cumplir mi deseo de enterrarme en el jardÃn, junto a nuestro querido banco.
En vez de esto te ruego, más calurosa y encarecidamente que entonces: ¡por nuestro amor, quédate en la tierra! Vive tu vida, te lo suplico, hasta que el ángel de la muerte te visite de manera espontánea y sin que tú le hayas llamado.
Quiero que seas mayor que yo cuando volvamos a vernos. ¡Por eso debes vivir tu vida hasta el final aquà en la tierra! Yo te esperaré en el más allá, en el paÃs de la eterna juventud.
Sujeta con fuerza tu corazón para que no grite; ¡dile que yo sigo estando contigo, más cerca aún de lo que serÃa posible con el cuerpo! Alégrate de que por fin, por fin, sea libre… ahora, mientras lees mi carta.