El dominico blanco
El dominico blanco —Pues bien, cuando heredé el negocio, el señor ParÃs vino a mi casa y dijo que la famosa ninfa de mármol Aglaja me habÃa visto por casualidad en el entierro mientras visitaba nuestra ciudad sin ser reconocida. ¡Hum! Eso es. Y al verme llorar tanto ante la tumba de mi padre habÃa exclamado —el señor Mutschelknaus se levantó de un salto y declamó con patetismo y la mirada fija en sus ojos pequeños y azules, como si viera las palabras escritas con letras de fuego—: «Quiero ser para este hombre sencillo un apoyo para toda la vida y una luz en la oscuridad, que deseo no se extinga jamás. Quiero darle un hijo cuya vida será consagrada al arte. Abriré su espÃritu a las cosas sublimes, aunque para ello tenga que destrozarse mi corazón en la soledad y monotonÃa de lo cotidiano. ¡Adiós, arte! ¡Adiós, gloria! ¡Adiós, reinos del laurel! Aglaja se marcha y no volverá nunca». Eso es. ¡Hum! —Se pasó la mano por la frente y volvió a sentarse con lentitud, como si la memoria le hubiese abandonado—. Eso es. ¡Hum! El señor director de escena lloró a gritos y se mesó los cabellos cuando nos hallábamos sentados los tres a la mesa del banquete nupcial. Gritaba: «Mi teatro está arruinado si pierdo a Aglaja. Soy hombre muerto». Eso es. ¡Hum! Las mil monedas de oro que le obligué a aceptar para que al menos no lo perdiera todo no duraron mucho, naturalmente. Eso es. ¡Hum! Desde entonces es un melancólico. Sólo ahora, que ha descubierto el gran talento dramático de mi señorita hija, ha vuelto a animarse un poco. Eso es. ¡Hum!